Martin Scorsese se convierte en la estrella inesperada del festival

Martin Scorsese, recordemos, ganador de la Palma de Oro en 1976 por Taxi Driver, con un jurado presidido por el escritor Tennessee Williams (¡¡¡!!!!) y compitiendo contra películas de la altura de El quimérico inquilino (Polanski), El otro señor Klein (Losey) o Cría Cuervos (Saura), está en Cannes. Ojalá estuviera aquí para presentar su nueva película, The Irishman, con Robert DeNiro, Joe Pesci y Al Pacino, pero eso es imposible por dos razones: (1) La película esta en posproducción y se habla de estreno en 2019 y (2) Es de Netflix (sic). Sin embargo la presencia del realizador de obras maestras incontestables de la talla de Toro salvaje (1980), La edad de la inocencia (1993) o El lobo de Wall Street (2013) es debida a dos razones diferentes. La primera es que la Quincena de Realizadores le ha otorgado la Cámara de Oro a toda su carrera, acompañándola de la proyección (esta tarde) de la copia restaurada de Malas calles (1973). La segunda era para presentar en la sección Cannes Classics Enamorada (1946) de Emilio “El Indio” Fernández, uno de los mejores directores que ha dado México y que para muchos sigue siendo un total desconocido (si os pica la curiosidad ver La perla (1947), un incunable de este director que, según ha dicho Scorsese, tenía enamorado a John Ford y eso sí que son palabras mayores). Ver en escena al realizador neoyorquino (75 años) hablando emocionado tanto de su cine como de las películas que le han influenciado es un baño cinéfilo difícilmente igualable. Porque Cannes tendrá muchas cosas malas, pero también tiene momentos de una belleza e intensidad insuperables. Gracias, entonces, por recordarme porque llevo once años seguidos viniendo a la Croisette.

 

Las películas del día pasaron de puntillas por las salas (al menos, las que hemos podido ver). Empezando por la inauguración de la Semana de la Crítica, Wildlife, el debut en la dirección del actor Paul Dano -su mejor interpretación seguiría siendo la de Pozos de ambición (2007), pero imagino que será más recordado por se el chaval introvertido de Pequeña Miss Sunshine (2006) o el bicho raro de Prisioneros (2013)- que se ha atrevido, ni más ni menos, que con la adaptación a la gran pantalla de “Incendios” (1991), el novelón de Richard Ford. Al igual que le ocurrió a Ewan McGregor cuando se puso detrás de la cámara con otra incunable novela americana (en su caso, “Pastoral americana” de Philip Roth), esta claro que Dano mantiene un respeto absoluto por el material de base pero eso no implica que la película deba funcionar en sí misma. Protagonizada por una soberbia Carey Mulligan y un Jake Gyllenhaal muy contenido (para bien), la película adopta el punto de vista del joven Ed Oxenbould (era uno de los chavales que protagonizaron La visita (2015) de M. Night Shyamalan), hijo de la pareja en la ficción que contempla en primer plano el desmoronamiento de su familia, cuando su padre les dejar para ir a trabajar como bombero forestal. La estrategia de Dano es casi un loop: cada vez que ocurre algo malo, lo deja fuera de campo para encuadrar el rostro compungido del joven. Una puesta en escena adecuada al canon mod-indie de Sundance de libro, que hace que la película por, momentos, se acerque a un melodrama de sobremesa sobre el que se deslizan  sin calar todas las ideas potentes de la novela. De hecho, todo pasa tan rápido que ni siquiera es asumible el quid del asunto -la deriva autodestructiva de la madre-, únicamente salvable por el buen hacer de Mulligan como sufrida ama de casa en los años 60 norteamericanos. Y poco, muy poco más.

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