Música Rock

James Hetfield vocalista de Metallica dijo a una entrevista que todo el mundo es feliz a su alrededor menos él

El líder de la banda de rock más grande del momento ha anunciado que ingresa en un centro para adictos. Quiere reaparecer en mayo de 2020, una pelea contrarreloj por controlar los demonios que arrastra.

Las juergas de Metallica eran tan míticas que, cuando sus fan les apodaron «Alcohollica», ellos se hicieron camisetas con este sobrenombre. «Destrozábamos camerinos porque era lo que se esperaba de nosotros», confesó James Hetfield, cantante, compositor y guitarrista. Y añadió: «Luego te llegaba la factura. Al acabar la gira no teníamos dinero porque lo habíamos gastado en reponer los muebles. El promotor nos dijo que había tenido la misma conversación con Sid Vicious y Keith Moon y yo pensé que eso me gustaba mucho. Pero luego recordé que ambos están muertos. Estaba claro que tenía que solucionar mis m**rd*s».

Los ingresos en clínicas de desintoxicación siempre se cuentan en tercera persona, porque el paciente no está en condiciones de explicar nada, con una célebre excepción: Hetfield en el documental de 2004 «Some kind of monster». Lo que iba a ser un reportaje promocional sobre la grabación del octavo álbum acabó convertido en una sesión de terapia con un salto temporal de 10 meses en medio para que el cantante retomase el control sobre su vida. «No les caería bien si supieran todas las cosas horribles que he hecho, cosas vergonzosas y oscuras, algunas las he sacado de mis padres llevándolas más lejos», expresó.

Hace unas semanas, la banda canceló su gira por la recaída de Hetfield en el alcohol, quien esta vez guardó silencio, mediante un comunicado firmado por los otros tres integrantes, confirmaban que James había ingresado en rehabilitación por segunda vez. Llevaba sobrio 17 años. Metallica pospuso sus conciertos para mayo de 2020. La lucha contrarreloj de Hetfield ya está en marcha.

Del matrimonio entre un camionero y una cantante de ópera solo podría salir un hijo rockero. Además ese matrimonio practicaba la ciencia cristiana y así fue educado. James no podía practicar deportes porque la escuela no se responsabilizaba de sus posibles lesiones, si se trataban temas de salud en clase él salía y esperaba en el pasillo. Por eso, no tenía amigos.

A los 13 años su padre los abandonó, pero su madre se lo ocultó meses. Cuando por fin le dijo la verdad, estaba enferma y rechazaba siquiera conocer su diagnóstico. Se trataba de un cáncer que dejó a James solo en el mundo a los 16 años.

El concierto que cambió su vida

El 12 de julio de 1978 asistió a su primer concierto, AC/DC con Aerosmith, y su vida cambió para siempre. «Para mí todo el mundo era el enemigo, pero la música nunca me mentiría ni me abandonaría», recordaba años después. A los 18, James Hetfield fundó la que iba a convertirse en la banda de heavy metal más grande del mundo.

En sus primeros tres discos, Metallica amplificó y perfeccionó el subgénero del thrash metal, tan agresivo como el heavy pero más rápido, más brutal y más demente. «Cuando eres adolescente solo quieres que te escuchen y se nos ocurrió que si tocábamos más fuerte y más alto que todos los demás nos escucharían», contó Hetfield.

Las letras de James Hetfield exploraban la vulnerabilidad que siempre repta debajo de la rabia de las guitarras: los terrores nocturnos infantiles en «Enter sandman»; la mortalidad en «Ride the lightning»; la angustia adolescente en «Seek and destroy»; los niños aislados del mundo real en «Dyers Eve», o el suicidio en «Fade to black». En 1991, «The Black Album» sacó el rock de las habitaciones de los adolescentes solitarios y lo llevó a las radiofórmulas, a la pantalla con MTV y a los estadios allanando el terreno para el triunfo del rock de guitarras de los primeros años noventa.

Pero si hay una adicción socialmente aceptada esa es el alcoholismo y, en el caso de los rockeros, se vuelve casi una obligación para ganarse el respeto de la comunidad. «Hubo una época en la que tenía que beberme una botella de vodka para pasármelo bien», admitiría Hetfield. «Y luego media de ‘Jägermeister’. Al principio, beber me ayudaba a olvidarme de mi vida, después empezó a ser divertido. Gracias al alcohol tocábamos más y más rápido, no sabíamos qué tal sonaba pero nos sentíamos bien».

Hetfield llegó a organizar su agenda en torno a sus resacas (si los Misfits, una de sus bandas favoritas, tocaban un viernes, iba a verlos, se largaba de juerga con ellos y no hacía planes hasta el domingo) y empezó a tener la impresión de que se estaba perdiendo algo: todo el mundo parecía feliz de estar vivo menos él.

«Tengo muchos días perdidos, empecé a ir a terapia -a finales de los 90- y descubrí mucha oscuridad dentro de mí. Estuve un año sin beber, pero no conseguía reírme o pasármelo bien, me di cuenta de que beber alcohol era parte de mí», dijo. Cuando en 2001 le preguntaron si había asistido a reuniones de Alcohólicos Anónimos, Hetfield aclaraba que no se consideraba un alcohólico. «Pero claro… todos los alcohólicos dicen que no lo son».

«El gran defecto de carácter que sigo arrastrando es que siempre creo que la gente me está ocultando cosas. Me costó mucho tiempo retomar contacto con mi padre y, en cierto modo, conseguir perdonarlo. Pero cuando murió me quedé con un montón de preguntas sin responder. Otro aspecto de la religión de mi familia es que no se celebraban funerales, no se atravesaba ningún duelo porque se consideraba que el caparazón moría, pero el espíritu seguía adelante», expresó. De modo que, cuando el primer bajista de Metallica, Cliff Burton, murió en 1986 en un accidente durante una gira por Suecia (Hetfield descubrió su cadáver bajo el autobús), James asistió a su funeral, pero en ningún momento comprendió ni asimiló el duelo por su mejor amigo: «Bebí hasta que el dolor se fue».

Con el tiempo, los arrebatos violentos de James empezaron a ensañarse con las personas además de con el mobiliario. «Sobre el escenario estaba alegre, como un payaso, pero al bajar quería destrozarlo todo y hacer daño a los demás. Me metía en peleas, a veces con Lars -Ulrich, el cofundador de la banda- para liberar mi resentimiento tirándole cosas. Él quiere ser el centro de atención todo el tiempo y eso me molesta porque yo también. Él lo consigue cayendo bien, yo intimido para que me respeten», explicó el cantante. Pero antes de que nadie le psicoanalice, ya lo hace él: «Todo está relacionado con mi necesidad de demostrarme mi virilidad. Todas las cosas que mi padre no me enseñó y ahora hago por mi cuenta, como reparar coches, cazar o sobrevivir».

James nunca ha dejado de sufrir para gestionar su masculinidad. La primera vez que recibió clases de canto, durante la gira de «The Black Album», desconfió de que le obligaran a cantar escalas como en una ópera (hoy sigue practicando con la misma cinta que grabó en 1991). Cuando el grupo contrató a un terapeuta para solucionar sus diferencias, él se quejó de que la terapia «no es cosa de hombres». Ulrich y el guitarrista Kirk Hammett suelen besarse en la boca solo para enojarlo. «Sé que James es homófobo, no hay ninguna duda», explicó Ulrich, «y la homofobia significa cuestionar tu propia sexualidad y no estar cómodo con ella». Hetfield tocó fondo en 2001 cuando viajó a Siberia para cazar osos en vez de pasar el primer cumpleaños con uno de sus hijos, Castor, en casa con su familia. Al regresar, su mujer, Francesca, lo echó de casa.

Tras salir de rehabilitación, la grabación de «St. Anger» en 2002 (según la mayoría de sus fans, el peor disco del grupo) coincidió con una crisis de popularidad: la banda demandó a Napster, el primer gran portal de piratería en Internet, por permitir que su música fuera descargada gratis ilegalmente y parte de su público los consideró traidores y vendidos al sistema.

Según Hetfield, que ha escrito la mayoría de las letras de Metallica, el fan medio de Metallica es como él: «Testarudo, un poco miedoso de todo lo que le rodea, que se mira a sí mismo y piensa: ‘No encajo en ningún sitio, así que se jodan todos’».

Lo cierto es que, casi cuatro décadas después de que James respondiera un anuncio de Lars en el periódico, Metallica congrega a todo tipo de devotos: melenudos, funcionarios y emprendedores.

James es el reverso macabro del mito del sexo, drogas y rock ‘n’ roll que se ha llevado demasiadas vidas por delante. James se resiste a ser una estadística y, más allá de los estadios, los récords de ventas de discos y las orquestas sinfónicas, lo más épico que ha logrado en su vida es seguir luchando por sobrevivir.

Vía : La Prensa Gráfica